Esto sobrepasaba mis expectativas, e incluso intentaba alcanzar algunos de mis mejores sueños.
El oler nuevamente aquel aroma, ese individuo, cierta persona que protagonizó cada uno de mis pensamientos esos meses atrás, el ganador de un Grammy en conquistarme. Era un aroma indiscutible, familiar, único.
Poder tocar su pelo una vez más, hacía recorrer una serie de escalofríos cálidos alrededor de mi cuerpo.
Y el más sencillo e irrefrenable sentimiento de alegría fue sentir su peso sobre mí.
Mi cuerpo se invadió de alegría, no había hueco en aquel momento para nada más en mi cabeza, él ocupaba cada rincón de mis pensamientos, lo demás estaba de más.
Él seguía sonriendo. Yo caía en la magia de su sonrisa, el hechizo de su mirada, Aquellos ojos, ¿cómo olvidar aquel color claro de sus ojos?
En aquel momento, la luna de aquella playa, hacía relucir el mayor de mis problemas.
Condenada a su encanto, me dejé llevar abatida. Era estúpido resistirse a aquella voz pronunciar mi nombre y reprochando ese bendito encuentro que tanto nos gustaba y no queríamos dejarlo pasar.
Una parte de mi, ansiaba dicho momento, gritaba descontroladamente de felicidad al viejo estilo de Pedro Picapiedra:"Yabba dabba doo!"
La otra parte que no cesaba de rezar por ello; cogió a la parte uno y cantó con ella:"Oh happy day!".
Cuando la parte tres se acercaba y se disponía a protestar, las otras dos partes la cogieron amenazantes, la amordazaron y mascullaron: "Cierra el pico de una vez, aguafiestas!".
No había pensado en lo que vendría después, pero no importaba. Aquella noche, en aquella playa, era nuestra, y nada más importaba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario