La tarde caía abatida, haciéndome refugiarme entre sábanas del frío, sin saber que lo que yo quería era que me arropara del sentimiento que se apoderaba de mi a cada instante que dejaba a mi mente volar.
Tuve la idea de salir a tomar el aire. Y las calles yacían frías en la oscuridad, aquella tarde no quedaban sonrisas en los rostros.
Un poeta en la esquina mendigaba un corazón habitado por los latidos de las calles, el ruido del claxon reproducía una música en la ciudad y el humo de aquel cigarrillo robaba mis suspiros.
Debía aprovechar la tarde libre, porque sabía bien el valor in negociable del tiempo, mucho más preciado que el oro más puro. Subí, bajé escalones; pasé, salté andenes; caí, crecí en ideas y la poesía nunca quedaba satisfecha si no callejeaba, si no exploraba en la ciudad.

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